Oaxaca de Juárez

De: Julio Arenas

En cuanto uno tiene mediano entendimiento en la vida, nos llegan voces maravilladas por su grandeza, sus personajes históricos, artistas, tradiciones, música, bailes, arquitectura, gastronomía y colorido. En cualquier momento, nos alcanza hasta donde estemos, una muestra fascinante, una invitación a vivir de cerca la cultura Oaxaqueña.

Hay gente que va por todo México como quien va entre colonias cercanas varias veces, y está bien. Yo en cambio, aguardaba el viaje a manera de ensueño, postergado entre la rutina, la indecisión y la imposibilidad.

He paseado últimamente a algunos lugares interesantes y cercanos a la ciudad de México, sin mayor esfuerzo que el de subirme al autobús de alas mochileras, con amigos y vecinos. Un día, ésta pequeña y confortable agencia de viajes, anunció que haría un viaje a Oaxaca. ¡Santo dios! Aquí estamos hablando de un paseo de los grandes ¡Claro que voy! Le Decía en persona a la simpática anfitriona, de quien me ufano de ser amigo de luengos y tiernos años.

Sábado por la mañana. Sta. María del Tule Oaxaca

Descendimos del autobús, observé el entorno, la profundidad celeste de nubes muy blancas y los mudos e inmóviles testigos del tiempo. El palacio municipal, la iglesia, algunas casas, montañas en el horizonte y árboles. Nos acercamos al gran árbol del Tule, que en realidad es un enorme ahuehuete.

¡Este árbol vio a los antiguos habitantes de la colonia española! ¡A los habitantes prehispánicos! Bueno, es más, cuando en Europa andaba armando alboroto un santón que se hacía llamar Jesús, ¡este árbol ya existía! Y luego el entretenimiento pueril de buscar figuras en sus raíces. No cabía duda estaba en Oaxaca, todo me lo decía.

Cascadas petrificadas. Hierve el agua

Milenarias y enormes formaciones de minerales con forma de cascada, como del material del que están hechos los corales marinos, todo es blanco, cráteres y pozas. Después de un par de horas de senderismo para explorar el bosque seco que rodea el área, nos metimos a las pozas a remojar el cuerpo.

Hierve el agua

De camino al centro de Oaxaca, iba observando por la ventana del autobús. Pude constatar que sí hay suficientes canchas de basquetbol. Deporte de arraigo en Oaxaca. Vi una iglesia católica con una cancha muy jugada en el atrio, no como aquellas iglesias enrejadas con su cancha siempre nueva.
Majestuosas construcciones conforman el centro, entre ellas, el enorme templo de Sto. Domingo, grandes iglesias y la basílica. Un esplendoroso centro de capital en toda forma, avalado por la solemnidad y grandeza de sus calles y arquitectura.
Las calles con los nombres de los héroes nacionales e importantes sucesos de la historia de México como lo marca la regla.

Exconvento de Santo Domingo de Guzmán

En el hotel nos hicimos de un par de compañeros para la noche y salimos en plan de callejear y de “juerga”.
Entramos a un lugar de tantos. La música era la común de cualquier fiesta. Observaba a la gente bailar estos ritmos muy conocidos para mí, hasta eso tenían su estilo y animo especial.
De pronto, cambia el ritmo, se escuchan las típicas chilenas, no con orquesta oaxaqueña, sino una variante grupera. No quedó lugareño sentado, todos bailaban con gran entusiasmo y algarabía, se abrazaban como si se conocieran todos, hacían filas y formaciones, brincando con paso alegre, parecía que brindaban una estampa de Oaxaca a los cuatro mochileros que quedamos sentados, absortos y contentos.

Monte Albán

Patrimonio de la UNESCO, ruinas arqueológicas de civilizaciones prehispánicas milenarias, hay que situarse en buena perspectiva para ver su magnificencia, templos, plazas y campos de juego y sacrificio. Con los códices destruidos, es difícil comprender el sentido de las enormes construcciones. Lo que queda claro es el conocimiento astronómico y arquitectónico de aquella sociedad de enormes imperios. La visita a Monte Albán se complementa yendo al museo de Sto. Domingo, donde se ven herramientas y joyería de los antiguos pobladores.
Está uno de los mayores acervos bibliográficos de América Latina con libros incunables.
Por ahí andaba Carlos Slim paseando y presumiendo el museo a sus amigos extranjeros, saludó a los que estábamos cerca.

¡Aquí sí que convergen todos los olores y sabores de Oaxaca! En un lugar grande, nada ostentoso y si muy generoso. Quiero comprar algo para llevar, bolas de chocolate para preparar con molinillo, paquetes de pan de yema, ¡el tejáte me lo bebí ansioso en cuanto capté su sabor y virtud! Probé la auténtica y enorme tlayuda de tasajo, ¡que delicia! Y a correr para el regreso.

Mercado de comida 20 de noviembre

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