El amanecer de una sístole y una diástole

De: Miguel Núñez

Amanecía, con el frío refrescante recorriendo mis ganas y mis venas y sabía dentro de mí que sería la primera de muchas, como recordando el vértigo antes del bungie. Acomodé mis cosas pensando: “¿Cómo será?”… “¿Tú primer viaje? Siempre es bueno viajar solo, uno siempre tiene historias que contar al regresar, es una experiencia inolvidable y mira la que te has elegido…” Me contó que era profesora de primaria, lo pensé por su forma de hablarme y no sé si se dio cuenta de cómo le brillaban los ojos y como se aceleraba su respiración cuando hablaba de coordinar viajes. “Siempre me mandan para acá, no sé qué piensan pero yo disfruto de las cervezas de la placita de atrás, cuando lleguemos me acuerdas, tienes que ir ahí”. “¿Listos? ¡Buenos días! ¿Descansaron? “¡Diablos! Me dormí”. Estamos a 30 minutos de nuestro destino. Alcancé a ver las iglesias y cuando bajamos, sentí las calles empedradas. Pasamos el Jardín Juárez, que con una cálida bienvenida sabor tierra mojada, nos abrió las puertas del Pueblo.

La imagen real de la iglesia de San Miguel Arcángel se traspuso a un poster de una iglesia de San Miguel de Allende en mi casa. “¡Hey! no te vayas, te explico: pasando el jardín principal, hay otra placita, la de la cerveza, no olvides pasar al balcón, hay buena cerveza y una vista increíble, cuando volvamos, pasas, la mejor hora es cuando da la brisa al atardecer, antes de irnos”. Nos mostró el mercado de artesanías, ¡ah! Cuanto se puede hacer con aluminio: zoológicos y parques, sociedades enteras. “De aquí los dejo nos vemos a las 6”. Si no conoces San Miguel puedes perderte, aunque también puedes agradecerlo. Los colores de San Miguel invitan a soñar y revivir y simplemente me deje guiar aunque la coordinadora ya se había ido. “¡Adelante! Bienvenidos todos ¿conocen el tumbagón? Es el dulce típico de aquí: tienes que tomarlo con el dedo meñique y si se rompe quiere decir que eres infiel no a Dios sino a la pareja. ¿Quién quiere probarlo? 90 la caja chica” Todavía puedo escuchar las risas de algunas parejas en aquel local. Salí buscando la cerveza y la placita, pero el café no se me escapa, de veras.

Vi mucho extranjero así que salí preguntando a las personas que veía si eran de ahí pero casi todos estaban de paseo. ¿No hay San Miguelenses? Pensé que poco era endémico de ahí: el bellísimo trabajo de aluminio, la cerveza allende, el tramposo tumbagón y los pedos que monja que la vendedora insiste en decir que se aflojan con el calor: ¡42 grados en mayo! San Miguel se me dibujaba como un bello jarrón del Egipto antiguo cargado de historias y de té verde con especias… aun así me lo bebí sin preguntar.

A dos cuadras en calle insurgentes, una cantina me salvo la garganta y una cuadra más adelante otro local me salvo el corazón: un pequeño cuartito atiborrado de historias y de zapatos donde encontré: “Un perfume de ayer y otros cuentos”. Me compré otro café y me devoré la obra, estaba parado en medio de la calle y el perfume pronto impregno mi PH. El patrimonio cultural comenzó a desdibujarse y re hacerse frente a mis ojos… Me di la vuelta y me di cuenta que San Miguel oculta su historia tras tanto negocio y extranjero, es celoso al ojo superficial, a la ideología moderna del “espíritu viajero”. Mi corazón palpitó fuerte en medio de la calle: ¿Cómo es posible que un perfume diluyera tanto el aspecto de San Miguel? No fue el tranvía, ni la iglesia, ni el helado ni el dulce quebradizo, ni los empleados atiburrados de turismo. Fue poder sentir el aroma del verdadero San Miguel, por unos segundos. Y ahí empezó la verdadera aventura. Pero eso, te lo cuento después.     

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